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sábado, 20 de septiembre de 2014

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Crónica de una impunidad anunciada

Cuentan que en un pueblo no tan lejano, de una región casi invisible en el mapa de América, un expresidente sonríe de nuevo —como solía hacerlo siempre— porque la (in)justicia de su país jugó a su favor, poniéndolo en libertad a pesar de ser acusado por varios delitos de corrupción.


Según dicen, se embolsó varios millones de dólares que fueron donados para ayudar a gente que quedó sin hogar después de un terremoto que sacudió con violencia a su país.

Por algunos años nadie supo nada de ese dinero. Es más, nadie sospechó que ese dinero había desaparecido. Fue hasta que un nuevo presidente lo reveló.

De inmediato, casi toda la población se enfureció y exigió justicia para su expresidente corrupto. La (in)justicia del país, al verse presionada por la población decidió llamar al exmandatario para interrogarlo.

Él acudió con una sonrisa y solo se limitó a decir que los millones habían llegado a sus "destinatarios". Luego simplemente desapareció. Así de simple, desapareció. Quizá porque pensó que pronto todo este asunto sería olvidado y él seguiría con su vida como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, el pueblo estaba insatisfecho, así que presionó más y logró que un juzgado girara la orden de capturarlo para comenzar un proceso formal en su contra. Pasaron algunos meses y él seguía desaparecido. Quizá todavía amparado a que este asunto se olvidaría rápidamente.

Finalmente un día, y para sorpresa de todos, apareció nuevamente, en el juzgado que lo reclamaba, con una sonrisa diciendo:
—Me he presentado por respeto a ley.

La esperanza del pueblo se agudizó esperando que se le mandara a una bartolina mientras el proceso en su contra continuaba, pero no fue así. La (in)justicia decidió a su favor que lo mejor sería mandarlo a su casa con arresto domiciliario.

Una vez más el pueblo se enojó y exigió mandarlo a una celda. La (in)justicia sin más que hacer dio su brazo a torcer y revocó el arresto domiciliar. Al exmandatario, por única vez en público, se le apagó la sonrisa. Quizá pensó que esta vez el asunto iba en serio en su contra.

Por su lado y por primera vez, el pueblo se sintió satisfecho. Satisfacción que no duró mucho —porque todo el proceso no daba garantías y anunciaba a los cuatro vientos que esto quedaría en impunidad—.

Durante el proceso en su contra, la (in)justicia hizo malabares para dejar en libertad al exjefe de Estado declarándolo inocente.

El pueblo,como es natural, se frustró y el expresidente volvió a sonreír sintiéndose dueño de una impunidad que le otorgó la libertad.

domingo, 24 de agosto de 2014

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Había una vez un país donde el hambre no conmovía a sus diputados

Había una vez un país donde ni el hambre lograba conmover a sus acomodados diputados. Claro, ellos nunca padecían hambre porque tenían tanta comida que hasta estaban obesos y feos. Tenían tanta comida que hasta sus perros y gatos no esperaban sobras, sino banquetes especiales y delicadamente preparados.

Los demás habitantes de aquel país no corrían la misma suerte. Tenían que librar cada día una dura batalla para encontrar un par de migajas y alimentarse. La búsqueda incansable de migajas comenzaba desde el saludo del sol y terminaba hasta la despidida del mismo. No todos lograban sobrevivir para esperar con los estómagos vacíos a la luna y dormir escuchando la triste melodía que el estómago entona cada vez que necesita procesar alimentos.


Un día, el presidente de ese país anunció que se repartirían tierras ociosas, que el Estado tenía en su poder, a todos aquellos que necesitaban comer, para que las trabajaran y cosecharan alimentos. Y de paso, les servirían también para vivir y tener un buen lugar donde dormir con su familia, y de esa forma ya no andar errantes buscando por aquí y por allá migajas para comer.

—Hoy sí ya la hicimos compadres y comadres—se decían alegres, y con un aire de esperanza, los habitantes de aquel país.

Para que ese anuncio del presidente se hiciera realidad, se necesitaba que en la Asamblea Legislativa los diputados, aquellos que tenían abundancia de alimentos, se pusieran de acuerdo y votaran a favor de la repartición de tierras y avanzar así a tener una ley de Soberanía Alimentaria. Y también garantizar que ya nadie más tendría que andar buscando migajas, sino que el Estado le proveería alimento, como derecho por tan solamente haber nacido en ese país.

No obstante, algunos de esos obesos y amargados diputados no veían con buenos ojos esa propuesta del presidente. Así que comenzaron a emitir sus razones del por qué no iban a votar por esa repartición de tierras:

—Esto de repartir tierras no me parece muy conveniente. Puede generar fricciones y peleas entre los que recibirán las tierras—opinó el primer diputado, con una voz gruesa y un ceño fruncido.

—Lo que el presidente quiere es sacar raja política. Esta es una medida populista y solo quiere dar buena impresión para que la gente lo siga apoyando y su partido siga en la presidencia, sin darnos espacio a nosotros—argumentó otro diputado, que a leguas se le notaba enojado.

—Esas tierras serán repartidas solo entre su misma gente y no ayudará en nada a resolver el hambre de la gente—dijo el diputado más gordo de todos, mientras comía una dona rellena de chocolate.

De modo que la mayoría de diputados no apoyaban la propuesta del presidente. Y le daban largas al asunto, mientras tanto los habitantes de aquel país seguían muriendo de hambre, escuchando la triste melodía que canta el estómago cuando necesita procesar alimentos.


***
Cualquier parecido con El Salvador no es coincidencia. Y nosotros, los habitantes de este país tenemos que hacer oír nuestra voz. No nos quedemos callados, hablemos por nuestra gente que muere de hambre y hagamos presión aunque sea en las redes sociales para que aprueben en la Asamblea la ley de Soberanía Alimentaria.

domingo, 6 de julio de 2014

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Karla, José y Berta (una historia de tres que en realidad son dos)

—Yo la verdad todavía quiero que regrese José. Le pedí a Dios que me regresara a José, pero ya no, ahora amo a quien lo reemplazó. Es que no sé, empiezo a sospechar que José quizá nunca regresará— expresa Berta desinflada, con su mirada clavada en el suelo, como queriendo esconder las lágrimas que empañan sus pupilas.

Foto/Internet

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Berta es una madre que no ve a su hijo José desde hace dos años con tres meses y dos días —lleva bien hecha la cuenta de cuántos días han pasado ya—. Su hijo, su único hijo, le fue arrebatado por Karla. Y aunque Karla lo desapareció, Berta le ha dado un techo, cama, comida y hasta estudio. Berta ha tratado tan bien a Karla que incluso ha peleado contra sí misma para aceptarla después de lo que hizo. Y no solo eso, ha tenido que luchar contra lo que todos en su iglesia y comunidad le han dicho sobre Karla. Es más, también ha llegado a amar a Karla.

—Jamás voy a poder regresar a José, ya me convencí de eso —dice Berta— su paso por mi vida fue especial. Siempre lo recordaré. Por siempre estaré orgullosa de él. Pero Karla se lo llevó.

***
Lo tradicionalmente establecido es que se odie a quien hace desaparecer al hijo de una mujer. Pero lo tradicional en esta historia no importa, de hecho esta historia se trata de romper con muchas cosas establecidas por la religión y la sociedad. Sin embargo cabe preguntar ¿quién sería capaz de amar a alguien que hizo desaparecer a su hijo? 

La lógica señala que nadie puede amar a alguien que nos arrebató a un ser querido, excepto quizá una madre sí pueda hacerlo. Solo una madre es capaz, por amor a su hijo, a desentonar con la sociedad y oponerse a lo que la religión prohíbe. En otras palabras, hacer lo que nadie estaría dispuesto a hacer.

Exacto, Berta es madre de Karla. Es que antes de ser Karla fue José. 

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— Yo... me llamo... Karla... Karla Ramírez —dice con una voz aguda, mientras sostiene sus manos sobre sus piernas cruzadas— Era una persona creada por la sociedad y la iglesia. Siempre dijeron en la iglesia que la homosexualidad es pecado y que el infierno estará lleno de homosexuales. Pero un día José se cansó de jugar ese papel de ser quien no era. José se cansó de ese rol y dejó que yo, Karla, saliera. Dijo, hasta aquí. ¡Ya basta!

Karla dice que ahora es libre. Ahora es quien siempre quiso ser, una mujer. Y no se avergüenza de serlo. De hecho tampoco Berta siente pena.

—Cuando le tuve que explicar a mi mamá esto, fue duro. Le dije un domingo, justo después de que el pastor estuviera diciendo que los homosexuales son una peste cada vez más grande. La senté en la sala de casa. Le hice un licuado, a ella le encantan los licuados. Luego, frente a ella, le confesé que soy homosexual. Se lo dije así en seco. Sin andar con tantos rodeos. Sabía que si le daba largas al asunto quizá me ganaría el miedo y no se lo diría. 

Era predecible, Berta se enojó con Karla. 

—Me dijo que esto era pecaminoso. Me gritó que me iría al infierno. Hasta me señaló la puerta y me dijo que sacara mis cosas de la casa y que me fuera. Me fui llorando a mi cuarto y ella también se quedó llorando en la sala. Saqué mi ropa del armario y la eché en una bolsa negra. Mi madre entró al cuarto y me preguntó dónde me iría.

Como era lógico, Karla no tenía dónde ir. 

—No te vayas hijo —dijo Berta con una voz aflautada y hecha un mar de lágrimas— no podría dejarte ir. Te amo como eres, pues eres mi hijo. Quizá nunca llegue a entenderte y ni esperes que lo haga, pero igual te amo. No sé si Dios logre perdonarte, pero yo sí.

Karla se lanzó desde el otro lado del cuarto y la abrazó fuertemente. Lloraron juntas.

*** 
—Lo que más me duele —afirma Berta, con palabras salpicadas de dolor— es que mi hijo ya no vaya a la iglesia. Es que lo han criticado muchísimo. Le han dicho de todo. Bueno, no solo en la iglesia, sino aquí en la comunidad, en el trabajo, donde estudia... ha sido duro.

Berta resiente que humillen a su hijo. Pero ella lo apoya a pesar de todo. Es más, un día se peleó con su pastor:

—Mire pastor, no sé si al cielo lleguen homosexuales, pero homofóbicos estoy segura que no llegarán. Conozco más amabilidad y ayuda al prójimo en homosexuales que en la iglesia que discrimina.
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Hace un tiempo hice unas entrevistas a los amigos y amigas de la Asociación "Entre Amigos" y quise rescatar este texto de aquellas pláticas. El objetivo de publicar esto en el blog de los irreverentes es provocar un debate sobre ¿El amor es realmente más poderoso que la doctrina, el dogma y lo establecido? ¿Los heterosexuales seremos más pecadores cuando discriminamos a alguien de la diversidad sexual?